La paz no es un destino, es un estado del alma. Un silencio que no pesa, una calma que no exige, un espacio donde cada ser humano puede respirar sin miedo a ser juzgado por la forma en que mira el mundo.
La libertad tampoco es un grito sin límites. Es un pacto silencioso entre uno y la vida: hacer lo que uno desea, pero sin romper los hilos invisibles que sostienen la convivencia. Porque incluso dentro de las reglas, cada persona sigue siendo un universo irrepetible, con su propio lenguaje, sus heridas antiguas, sus certezas y sus dudas.
A veces olvidamos que no todos vemos desde el mismo ángulo. Que lo que para uno es luz, para otro puede ser sombra. Que lo que para uno es verdad, para otro es apenas una pregunta.
Y aun así, cada mirada merece respeto.
La paz comienza cuando dejamos de exigir que el otro piense como nosotros. Cuando entendemos que cada individuo es un mundo completo, con su historia, su ritmo, su manera de sentir. Cuando aceptamos que la diversidad no amenaza, sino que enriquece.
Respetar la opinión ajena no es renunciar a la propia. Es reconocer que la libertad que pedimos para nosotros también la merecen los demás.
Porque la paz no se impone. La paz se cultiva. Y nace, siempre, del respeto.

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