Hay una verdad que muchos cubanos descubrimos tarde, pero que cambia para siempre la forma en que entendemos nuestro país: en Cuba nada es gratis.
Ni la salud. Ni la educación. Ni los servicios públicos.
Todo eso se pagó siempre con el salario que nunca llegó a nuestras manos.
Durante décadas nos dijeron que el Estado “nos daba” todo. Pero la realidad es que el Estado lo financiaba con lo que le quitaba al trabajador. Un médico, un ingeniero, un maestro… todos cobraban un salario que no alcanzaba ni para una semana. Y esa diferencia —ese dinero que faltaba— era lo que sostenía el sistema.
Cuando entendí eso, comprendí que el pueblo cubano ha financiado su propio sacrificio. Que la pobreza no es un accidente, sino un mecanismo. Y que si algún día Cuba cambia, ese peso no puede seguir cayendo sobre los mismos hombros de siempre.
El cubano merece vivir de su trabajo real, no de la resignación. Merece un país donde el esfuerzo tenga valor, donde el salario no sea simbólico, donde la dignidad no sea un lujo.
El futuro de Cuba no puede construirse otra vez sobre la espalda del trabajador. Tiene que construirse para él TRABAJDOR

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