Reflexión sobre los inmigrantes y la contradicción de un país construido por ellos

Estados Unidos nació de un impulso humano tan antiguo como la historia misma: la búsqueda de un lugar donde empezar de nuevo. No fueron los poderosos quienes levantaron este país, sino millones de personas que llegaron con las manos vacías y el corazón lleno de esperanza. Hombres y mujeres que cruzaron océanos, fronteras, desiertos y miedos para construir algo que no existía todavía.

Los inmigrantes fueron quienes sembraron los campos, quienes levantaron las vías del tren, quienes construyeron ciudades enteras ladrillo por ladrillo. Fueron quienes trajeron oficios, lenguas, sabores, ideas, sueños. Cada generación de recién llegados añadió una capa más al carácter de este país, hasta convertirlo en lo que hoy se llama “la tierra de las oportunidades”.

Y sin embargo, la paradoja es dolorosa: el mismo país que se formó gracias a los inmigrantes, hoy ve cómo muchos de ellos son perseguidos, señalados o tratados como una amenaza. Personas que solo buscan lo mismo que buscaron los primeros colonos, los primeros europeos, los primeros refugiados: un lugar donde trabajar, vivir en paz y darle un futuro digno a sus hijos.

La contradicción es evidente: ¿Cómo puede un país olvidar que su grandeza nació precisamente de aquellos que llegaron desde lejos? ¿Cómo puede temer a quienes representan su propia historia?

La inmigración no es un problema; es un recordatorio. Un recordatorio de que la prosperidad nunca fue un regalo, sino el resultado del esfuerzo de millones de manos anónimas. Un recordatorio de que la diversidad no debilita, sino que impulsa. Un recordatorio de que la humanidad no se mide por fronteras, sino por la forma en que tratamos a quienes buscan refugio y oportunidad.

Quizá la pregunta no sea por qué los inmigrantes siguen llegando. La verdadera pregunta es: ¿será capaz este país de recordar quién es realmente y honrar a quienes lo construyeron?

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