La recuperación de la economía cubana no empieza en los números, ni en los planes quinquenales, ni en los discursos que prometen un mañana que nunca llega. Empieza en un lugar más simple y más incómodo: la voluntad real de querer lo mejor para el pueblo.
Porque una economía no se derrumba solo por falta de recursos; se derrumba cuando quienes la dirigen dejan de escuchar, dejan de rectificar y dejan de confiar en su propia gente. Y Cuba, más que pobreza material, sufre una pobreza de decisiones.
Si existiera esa voluntad auténtica —no la declamada, sino la que se demuestra— el primer gesto sería un acto de humildad: reconocer que el modelo fracasó. No como derrota ideológica, sino como un hecho humano. Un sistema que exige sacrificios eternos a cambio de promesas eternas termina desgastando no solo la economía, sino la esperanza.
La recuperación no vendría de un milagro externo, sino de algo más terrenal: soltar el control. Permitir que el cubano cree, emprenda, produzca y decida sin miedo. La creatividad del pueblo cubano es su mayor riqueza, pero hoy está atrapada entre permisos, colas y silencios.
Un país que quisiera levantarse abriría sus puertas a la inversión —la de afuera y la de adentro— con reglas claras, estables y justas. No para enriquecer a los mismos de siempre, sino para que el trabajo honesto vuelva a tener sentido. Para que un médico no tenga que emigrar, un ingeniero no tenga que inventar, y un joven no tenga que renunciar a su futuro para poder vivir su presente.
La economía cubana podría recuperarse si se cambiaran tres pilares: el miedo por confianza, la propaganda por transparencia, y el control por responsabilidad compartida.
No es una utopía. Es simplemente tratar al pueblo como protagonista, no como recurso. Como fin, no como medio.
La verdadera recuperación comenzaría cuando el poder deje de justificarse a sí mismo y empiece a justificarse ante su gente. Cuando el país deje de pedir sacrificios y empiece a ofrecer oportunidades. Cuando la voluntad de mejorar deje de ser un eslogan y se convierta en una decisión ética.
Porque al final, la economía no es un misterio técnico. Es una relación moral entre quienes gobiernan y quienes viven las consecuencias.
Y Cuba, si quisiera, podría levantarse. Pero primero tendría que querer de verdad.

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