Ian no toca la guitarra como la mayoría. Él no rasguea cuerdas… él las acaricia. No busca acordes comunes… él construye melodías como si estuviera tocando un piano.
Sus dedos no se mueven con fuerza, sino con precisión. Cada cuerda suena como una tecla. Cada nota cae en su lugar como si su mente viera la música de una forma distinta, más clara, más pura.
Ese estilo tan particular —mezcla de guitarra y piano— no es casualidad. Es la forma en que su corazón entiende el mundo. Es su lenguaje. Es su manera de decir “aquí estoy” sin necesidad de hablar.
Ian no solo toca. Ian traduce emociones en sonido. Y eso lo convierte en un niño especial no solo por sus cuidados, sino por su talento, por su sensibilidad, por su forma única de conectar con la música.

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